Rosales
Rosa spp.
División: Angiospermas
Clase: Eudicotiledóneas
Orden: Rosales
Familia: Rosaceae
Rosa spp., conocidas simplemente como rosales, son arbustos de hojas compuestas y flores muy variadas en forma, aroma y color. Destacan por la estructura compleja de sus pétalos, que forma las clásicas corolas en espiral. Su historia ornamental y su belleza versátil las convierten en la reina indiscutible del jardín.
El género Rosa está compuesto por más de 100 especies, originarias principalmente del hemisferio norte, en regiones de clima templado de Europa, Asia y Norteamérica. En su estado natural, las rosas suelen crecer como arbustos espinosos o trepadores, formando parte de bosques claros, praderas y laderas soleadas. Producen flores simples de cinco pétalos en primavera y verano, que dan paso a los frutos al final de la temporada. Su capacidad de adaptación e hibridación ha permitido que, a lo largo de los siglos, se conviertan en una de las plantas ornamentales más cultivadas y mejoradas del mundo.

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Descripción
Tamaño
Estos arbustos pueden variar enormemente de tamaño, desde variedades compactas de 40 centímetros hasta rosales que superan los 2 metros de altura. Su crecimiento es moderado y suelen alcanzar su tamaño adulto en dos o tres años. En maceta permanecen más controlados, dependiendo de la variedad.
Tallo
El tallo es carnoso, erecto y ramificado, volviéndose ligeramente leñoso en la base con la edad. Su estructura sostiene el porte compacto y florífero de la planta.
Raíces
Las raíces son fibrosas y relativamente superficiales, adaptadas a suelos bien drenados. Este sistema favorece un crecimiento vigoroso sin desarrollar órganos subterráneos de reserva.
Hojas
Las hojas de las rosas son compuestas, formadas generalmente por 5 a 7 folíolos ovalados y dentados en los bordes. Presentan un color verde intenso, a veces con tonos rojizos en los brotes jóvenes, y una textura ligeramente rugosa. Los folíolos están sostenidos por un raquis central y un pecíolo con pequeñas estípulas en la base. Su aspecto elegante y su disposición alterna aportan frescura al arbusto incluso fuera de la época de floración.
Espinas
Lo que comúnmente llamamos “espinas de rosa” son en realidad acúleos o aguijones, pequeñas protuberancias que nacen de la epidermis del tallo. Son rígidos y curvados, y su función es proteger la planta contra herbívoros y facilitar su sujeción a otras ramas o soportes. A menudo se los llama erróneamente espinas, pero en rigor botánico son acúleos, ya que no contienen tejido vascular. Aunque no sean verdaderas espinas, forman parte del encanto y la identidad de los rosales.
Floración
Las rosas son famosas por su floración abundante y variada, que depende mucho del tipo de rosal. Los rosales silvestres suelen florecer una sola vez al año, en primavera o principios de verano, mientras que la mayoría de los híbridos modernos son remontantes, capaces de dar varias oleadas de flores desde finales de la primavera hasta el otoño. Las flores pueden presentarse solitarias o en ramilletes, con una paleta de colores que abarca desde el blanco puro hasta tonos intensos de rojo, rosa, amarillo, naranja o incluso matices bicolores. La intensidad del aroma también varía según la especie y el cultivar, siendo este uno de sus rasgos más apreciados.
Fruto
El fruto de los rosales se conoce como escaramujo o cynorrhodon. Tiene forma ovalada o redondeada, de color rojo o anaranjado intenso cuando madura, y en su interior guarda numerosas semillas rodeadas de un tejido piloso. Además de su valor ornamental, los escaramujos son ricos en vitamina C y antioxidantes, y se utilizan en infusiones, mermeladas y remedios naturales. No todas las variedades ornamentales producen frutos abundantes, pero en los rosales silvestres forman parte esencial de su ciclo biológico y también sirven de alimento a la fauna silvestre.
Longevidad
La vida de un rosal depende mucho de la especie y del tipo de cultivo. Los rosales silvestres pueden vivir varias décadas en su hábitat natural, formando matorrales vigorosos y resistentes. Los rosales cultivados en jardín suelen mantenerse en buen estado entre 10 y 15 años si reciben podas adecuadas, abonado regular y buena protección frente a plagas y enfermedades. Algunos ejemplares bien cuidados pueden superar con creces ese tiempo, convirtiéndose en auténticos clásicos del jardín.
Especies
El género Rosa cuenta con más de 100 especies distribuidas por el hemisferio norte, aunque solo unas pocas han tenido un papel clave en jardinería y en la creación de híbridos modernos. Entre ellas, la Rosa gallica, cultivada desde la antigüedad en Europa, conocida como “rosa de los farmacéuticos” por sus usos medicinales y perfumados; la Rosa damascena, célebre por su aroma intenso y base de la industria del agua de rosas; la Rosa canina, común en setos y apreciada por sus escaramujos ricos en vitamina C; la Rosa moschata, con flores blancas muy perfumadas; y la Rosa rugosa, resistente y ornamental, usada ampliamente en jardinería costera. Estas especies, junto con híbridos como la Rosa chinensis, han servido de base para la gran diversidad de rosales actuales.
Precaución
Algunas variedades contienen aceites esenciales que provocan dermatitis de contacto en personas sensibles. Los frutos (escaramujos) son comestibles, pero las semillas y los pelos internos pueden irritar la boca o el aparato digestivo si se consumen sin preparación adecuada. En mascotas, la ingestión de hojas, pétalos o frutos puede causar molestias digestivas leves. Usa guantes al podar y retira los restos de poda o frutos caídos para evitar lesiones o ingestión accidental.

Foto de Duy Le Duc en Unsplash
Cuidados
Luz
Los rosales necesitan mucha claridad para florecer con fuerza. Lo ideal es darles sol directo al menos 6 horas al día. Si los colocas en un rincón demasiado sombrío, crecerán más débiles y producirán menos flores. Lo mejor es una orientación sur u oeste en el jardín, donde reciban luz intensa pero con buena ventilación. En climas muy calurosos, un poco de sombra ligera en las horas centrales del verano puede ayudar a que las flores duren más sin marchitarse tan rápido.
Temperatura
Los rosales se desarrollan mejor en climas templados, con temperaturas habituales entre 15 y 25 °C. Pueden resistir breves descensos hasta –5 °C, especialmente en variedades rústicas, pero heladas prolongadas o calor extremo por encima de 32–35 °C afectan a la floración y el follaje.
Riego
A los rosales les gusta tener la tierra fresca, pero no encharcada. Riégalos en profundidad 1 o 2 veces por semana en primavera y verano, ajustando la frecuencia según el calor y el tipo de suelo. Es mejor un riego abundante y espaciado que mojar un poco cada día, porque así el agua llega bien a las raíces. Evita mojar las hojas y las flores, ya que la humedad en la superficie puede favorecer la aparición de hongos. En otoño e invierno reduce los riegos, dejando que el terreno se seque ligeramente entre aplicación y aplicación.
Ambiente
Necesita un ambiente luminoso y aireado, con humedad moderada y corrientes suaves; las corrientes fuertes de aire frío o calor directo afectan la floración y el desarrollo vegetativo. Tolera calefacción si el aire se mantiene ligeramente húmedo y ventilado, pero la contaminación elevada puede estresar los brotes y reducir la calidad de las flores.
Sustrato
Prefiere un sustrato fértil, bien aireado y con excelente drenaje, ligeramente ácido a neutro. Mezclas de tierra vegetal con compost y algo de arena o perlita permiten un crecimiento sano y flores abundantes. Suelos compactos o encharcados favorecen la pudrición de raíces y problemas de hongos.
Abonado
Necesita aportes regulares y equilibrados de compost muy maduro, humus de lombriz o extractos líquidos de algas durante la temporada activa para favorecer la floración y la formación de follaje fuerte. El exceso de nutrientes provoca crecimiento rápido pero frágil y disminuye la resistencia a enfermedades. Aplicaciones ligeras y constantes son más efectivas que dosis fuertes ocasionales.
Cultivo
Si vas a plantar un rosal en el jardín, lo mejor es hacerlo en otoño: mientras las ramas descansan, las raíces aprovechan la lluvia y el suelo templado para crecer tranquilas, de modo que en primavera el rosal arranca con fuerza y en verano ya está bien asentado. Si vives en una zona de inviernos muy duros, con heladas fuertes, espera mejor a la primavera, cuando el frío haya pasado. Si plantas a raíz desnuda, abre un hoyo generoso (unos 40 × 40 cm) y mezcla la tierra con compost para que tenga un buen arranque. En maceta, elige un tiesto profundo y pesado que le dé estabilidad y espacio para las raíces. Cada tres o cuatro años no le vendrá mal un trasplante o renovar parte de la tierra para que siga creciendo con ganas.
Poda
La poda es clave para que los rosales se mantengan sanos y floridos. Lo más importante es hacer una poda fuerte a finales del invierno, antes de que broten, recortando ramas viejas, cruzadas o débiles, y dejando las más vigorosas para que la planta arranque con fuerza en primavera. Durante la temporada puedes ir haciendo una poda de mantenimiento, quitando flores marchitas y tallos secos para estimular nuevas floraciones. En el caso de los rosales trepadores o arbustivos, guía y recorta según la forma que quieras darles, manteniendo siempre el centro despejado para que circule el aire.
Propagación
Se multiplica sobre todo por esquejes de tallo semileñoso o leñoso, preferiblemente después de la floración y colocados en sustrato aireado y húmedo. También puede reproducirse por acodo o división de raíces en plantas establecidas. La propagación por semillas es posible, pero requiere paciencia y cuidado con la selección de variedades para mantener características.
¿Algo más?
Los rosales agradecen un poco de mimo extra. Retira con regularidad las hojas secas o enfermas para que no se propaguen hongos y mantén la base del arbusto limpia de malas hierbas, que compiten por el agua y los nutrientes. Un acolchado de corteza o compost alrededor del pie ayuda a conservar la humedad, proteger las raíces del frío y, de paso, mejora el suelo con el tiempo. Y no olvides girar un poco las macetas de vez en cuando (si las tienes en contenedor) para que reciban la luz de manera uniforme.

Foto de Ruby Lalor en Unsplash
Consejos
Ubicación
Los rosales son protagonistas indiscutibles de jardines y espacios verdes gracias a su belleza y versatilidad. Se emplean en borduras, setos bajos y macizos florales para dar color durante gran parte del año. Los rosales trepadores decoran pérgolas, arcos y muros, mientras que los miniatura son ideales para macetas y balcones. También se utilizan en parterres formales y como ejemplares aislados en céspedes o rocallas. Su amplia variedad de formas, colores y tamaños permite adaptarlos a prácticamente cualquier estilo de jardín, desde el más clásico al más moderno.
Acompañantes
Los rosales se benefician mucho de estar combinados con otras especies en el jardín. Plantas aromáticas como lavanda, romero, salvia o tomillo ayudan a repeler plagas y realzan la belleza de sus flores con contrastes de follaje y aroma. Entre las vivaces, la alchemilla, los geranios de jardín y las nepeta aportan un buen marco verde y flores que cubren la base de los rosales, dándoles un aire más natural. También se combinan con clemátides trepadoras, que pueden compartir soporte con los rosales trepadores y añadir un segundo nivel de floración. La clave está en elegir acompañantes que no compitan en exceso por agua y nutrientes, y que favorezcan la biodiversidad alrededor del rosal.
Conócelas también aquí: Lavandula angustifolia, Salvia rosmarinus, Salvia officinalis, Thymus vulgaris, Alchemilla mollis, Nepeta cataria, Nepeta faassenii, Clematis montana.
Usos y recolección
Las rosas se valoran tanto por su belleza y fragancia como por sus propiedades calmantes y tonificantes, empleadas en cosmética natural y aromaterapia. Se recolectan los pétalos frescos al amanecer, cuando están recién abiertos y su aroma es más intenso. Se pueden utilizar de inmediato para preparar aguas florales, aceites o infusiones, o secarse a la sombra en un lugar ventilado. Una vez secos, se guardan en frascos de vidrio opacos y herméticos.

Foto de Ionela Mat en Unsplash
Curiosidades
Botánica
Lo que llamamos “espinas de rosal” son en realidad acúleos, estructuras superficiales que nacen de la epidermis del tallo. A diferencia de las verdaderas espinas (que son ramas u hojas modificadas con tejido vascular), los acúleos se desprenden con facilidad si se ejerce presión lateral. Sus pétalos protegen los órganos reproductores y atraen polinizadores mediante colores y aromas específicos, mientras que los acúleos en tallos y pecíolos funcionan como defensa frente a herbívoros. Esta característica les permite disuadir a los animales sin comprometer la flexibilidad del tallo, y muchas especies silvestres aprovechan estos acúleos para treparse o sostenerse entre otras plantas, combinando defensa y soporte de manera ingeniosa.
Ecológica
Crecen en una amplia variedad de hábitats, desde bosques hasta matorrales abiertos, proporcionando néctar y polen a abejas, mariposas y otros insectos. Sus frutos, llamados escaramujos, son consumidos por aves y mamíferos, que dispersan las semillas. Los rosales también crean microhábitats al formar setos densos, protegiendo pequeños invertebrados y contribuyendo a la biodiversidad local.
Histórica y cultural
Las rosas han sido cultivadas desde hace milenios en Asia, Europa y Medio Oriente, asociadas a símbolos de amor, belleza y espiritualidad. La domesticación de especies silvestres dio lugar a miles de cultivares con colores, aromas y formas diversas, siendo muy apreciadas en jardines, arreglos florales y perfumería. La Rosa × damascena se cultiva desde hace más de mil años en Oriente Medio por su fragancia única. De sus pétalos se extrae el famoso aceite de rosas, uno de los más valiosos de la perfumería, pues se necesitan unos 4.000 kilos de flores para obtener un litro. Hoy, los rosales siguen siendo uno de los iconos más universales de la horticultura y la cultura, uniendo biología, estética y significado simbólico en cada floración.

Foto de April Vasquez en Unsplash
Problemas y remedios
Hojas amarillas y caída prematura
Suele deberse a exceso de riego, suelo encharcado o carencia de hierro (clorosis férrica). Mejora el drenaje, reduce riegos y aplica quelatos de hierro si es necesario.
Hojas con manchas negras (mancha negra del rosal)
Causada por el hongo Diplocarpon rosae. Evita mojar el follaje, recoge y destruye hojas afectadas y aplica fungicidas preventivos como cobre o extracto de cola de caballo.
Hojas con polvillo blanco (oidio)
Enfermedad fúngica muy común en climas húmedos y cálidos. Mejora ventilación, evita exceso de sombra y trata con azufre en polvo o fungicidas ecológicos.
Brotes tiernos enrollados o deformados
Suelen ser ataques de pulgones. Inspecciona regularmente, elimina manualmente o con agua a presión y aplica jabón potásico o aceite de neem en infestaciones severas.
Capullos que no abren bien (botritis o trips)
La humedad excesiva favorece hongos y plagas que impiden la apertura de las flores. Mejora la aireación, retira capullos dañados y aplica tratamientos preventivos.
Hojas comidas o perforadas
Puede deberse a orugas, escarabajos o larvas minadoras. Retira manualmente las plagas, usa trampas biológicas o aplica Bacillus thuringiensis (Bt) de forma ecológica.
Flores marchitas rápidamente o tallos secos
A menudo causado por roya (Phragmidium) o cáncer del tallo. Retira y quema las partes afectadas, desinfecta herramientas y aplica fungicida preventivo.
Presencia de araña roja (hojas plateadas, secas)
Común en veranos calurosos y secos. Aumenta la humedad ambiental, riega por la mañana y aplica jabón potásico o acaricidas ecológicos.
Rosal débil y poca floración
Se da por falta de nutrientes o poda inadecuada. Fertiliza en primavera con abono rico en potasio y fósforo, y poda en invierno para renovar la planta.

Foto de Claire Sauvin en Unsplash





















